Las personas con trastornos mentales graves tienen una esperanza de vida entre 10 y 20 años menor, en gran parte debido a problemas cardiometabólicos. Uno de los factores que más influye en esta diferencia es el bajo nivel de actividad física y el exceso de sedentarismo, que son riesgos modificables.
En la práctica, este grupo es uno de los más inactivos: muchas personas pasan más de 10 horas al día sentadas y no alcanzan los niveles recomendados de actividad física. Esta falta de movimiento empeora procesos como la inflamación, los desequilibrios hormonales y los problemas metabólicos, que están relacionados con los trastornos mentales.
Sin embargo, la evidencia es clara: el ejercicio produce mejoras significativas en síntomas depresivos y psicóticos, además de beneficios en la cognición, la calidad de vida y la salud física. Por el contrario, actividades sedentarias pasivas, como ver televisión durante largos periodos, se asocian con peor salud mental.
La clave está en adaptar la actividad física a cada persona, priorizando lo que resulte agradable y sostenible. Se recomienda incluir al menos dos sesiones semanales de entrenamiento de fuerza, y se observa que las mayores mejoras en salud mental se dan con actividades como caminar, moverse en el día a día o hacer ejercicio en el tiempo libre.
Para llevar esto a la práctica clínica, se propone el modelo 5A (preguntar, evaluar, aconsejar, ayudar y hacer seguimiento), que permite integrar el ejercicio de forma estructurada en la atención sanitaria.
En conjunto, la actividad física debería considerarse un elemento central del tratamiento en salud mental, ya que ayuda a mejorar los síntomas, la salud física y cognitiva, y a reducir la brecha de esperanza de vida.
Stubbs, B., Ma, R., Teychenne, M., et al. (2026). Integrating Physical Activity Into Routine Psychiatric Care: A Review. JAMA Psychiatry. DOI: 10.1001/jamapsychiatry.2026.0026.